lunes, 23 de enero de 2012

La edad de los faraones

En Oxford, en Beaumont Street, se encuentra el mejor museo universitario del mundo, el Ashmolean, llamado así en honor de su fundador, Elías Ashmole, que donó su colección de curiosidades a la Universidad de Oxford en 1677. El Museo, construido al año siguiente de que Ashmole donara su colección, no es el bello, espacioso y aireado edificio neoclásico, con un pórtico de extremada elegancia, construido en 1845 por Charles Cockerell, pero su espíritu, renovado eso sí, sigue siendo el mismo de cuando fue fundado casi doscientos años antes.
Bien es verdad que lo que manda ahora es la excelencia artística y ya en el siglo XIX lo importante fue discriminar entre la curiosidad del momento barroco, por ejemplo, dentro de las rarezas conservadas por Elías Ashmole y John Tradecant, se exhibe el último ejemplar disecado del dodo, esa legendaria ave que los holandeses exterminaron en pocos meses, aunque reconozcamos que no muy bien conservado, lo más presentable es la cabeza y una garra, y lo que había en estas curiosidades de hallazgo de tesoros del arte. De esta manera se conservan por un lado los especimenes y objetos de uso o curiosidades científicas, el antiguo Museo se convirtió entonces en el Museo de Historia de la  Ciencia y cuenta con la mejor colección de astrolabios del mundo, y, por otro, otro, el actual Museo, que recogió lo más granado de las colecciones de arte y arqueología de Ashmole y Tradecant, convirtiéndose en un referente para las colecciones egipcias, el legado de Arthur Evans, además de importantes piezas de arte minoico. Pero lo que distingue al Ashmolean, si dejamos sus colecciones de arte prerrafaelita y las piezas de mayólica y de plata inglesas, es su colección de arte egipcio y sudanés y el Instituto Griffith que alberga, un instituto dedicado exclusivamente a la egiptología.
Sería curioso preguntarnos las oscuras razones que ha llevado a que desde los antiguos griegos, por ahí anda Herodoto, Occidente se haya sentido fascinado en grado extremo por todo lo egipcio, la leyenda de Marco Antonio y Cleopatra es nuestra historia de amor de esa fascinación, y que casi en cualquier ciudad europea de importancia, se conserven como oro en paño piezas egipcias, la sorpresa del común de los mortales es mayúscula cuando visitan una ciudad como Turín, por ejemplo, y se encuentran con un Museo Egipcio considerado por muchos como el mejor después del de El Cairo. Apenas hay mes que Egipto no sea noticia por un motivo u otro, y desde la revolución de la plaza Tharir y el saqueo de algunas salas del Museo Nacional de El Cairo, es raro que lo egipcio no esté de una u otra manera en los medios de comunicación. Estos días, días de revuelo de nuevo en la Plaza Tahrir, el Ashmolean ha sido noticia porque después de dos años de reformas intensas por parte del arquitecto Rick Mather, el mismo que había renovado años antes el Museo liberándolo de aditamentos victorianos y construyendo espacios aéreos tan bellos que hasta los tradicionalistas le habían dado su bendición, se han inaugurado seis nuevas salas que exhiben los tesoros habidos del Antiguo Egipto y de Nubia, la joya de la corona del Museo. El revuelo ha sido enorme, la expectación también, y la acogida, se supone que excelente. Y lo cierto es que el paseo es un acierto pues, desde una rotonda dotada de una excelente iluminación y en sentido circular, el visitante asiste a una representación cronológica, muy acorde con otra colección dedicada a las civilizaciones cretense, griega y romana, de las piezas egipcias y nubias. Así, la más antigua, la talla de Min, el dios de la fertilidad, que data del 3300 antes de Cristo, o el santuario de arenisca del rey nubio Taharqa encontrado en el templo de Kawa, en lo que hoy es el Sudán. Pero lo más curioso de la exposición es el modo en que han resuelto la exhibición de las momias: es cierto que, normalmente, la acumulación de sarcófagos y vendajes hace que las momias no se distingan unas de otras a la hora de mostrarlas. El Museo ha resuelto esa confusión destacando una de ellas en sus distintos componentes, la de un sacerdote de Tebas que murió alrededor del 770 antes de Cristo y cuyo nombre, Djeddjehutyluefaukh, ha sido cambiado por el de Jed, para su fácil identificación. El sacerdote sigue metido en su ataúd pero otros componentes de la momia están suspendidos alrededor para su completo disfrute. Jed está de enhorabuena: se ha hecho famoso.
El paseo, sin embargo, continúa, delicioso. Como el acierto en investir de colores la sección dedicada a Akhenatón y Nefertiti de su palacio de Amara: la policromía aquí lo invade todo. Vasijas de cerámica y collares de vidrios coloreados ayudan a dar permanencia a esa sensación. Luego, la ternura: una momia de un niño de dos años muerto de neumonía durante la ocupación romana, allá por 80 después de Cristo, que se supone por los clavos dorados del ataúd que es de ascendiente griego. Como los niños no eran retratados, sus momias no portan esas deliciosas pinturas del difunto que ayudaban a identificarlos. La artista Angelica Palmer lo ha resuelto con gracia infinita: basándose en el rostro de un gato que acompaña a la momia, ha realizado imágenes tridimensionales en hojas de vidrio para que el público se imagine lo que las tiras de lino ocultan: el resultado es fantasmal, bello e inesperado, una imagen que aparece y desaparece cada vez que las hojas de vidrio se mueven. El recorrido finaliza con papiros que dan cuenta de la lista de una lavandería, una hoja que explica que un obrero se ausentó de su trabajo porque le había picado un escorpión, la última voluntad de una mujer que deshereda a tres de sus ocho hijos y un conjuro del Libro de los Muertos donde se dice que el difunto no ha causado daño a nadie en vida. Colofón digno de una maravillosa colección.
El Ashmolean se suma, de esta manera, a esa lista de museos que renuevan con imaginación sus tesoros y se ponen al día. La reforma ha merecido la pena y el equipo de Mather puede sentirse orgulloso de esa reforma, así como Christopher Brown, el director del Museo y Lord Sainsbury, que puso los cinco millones de libras que ha costado la cosa. Creo que esta inauguración es la pionera de una serie de reformas en que el Reino Unido se está preparando para acoger con actividades paralelas a los turistas que los Juegos Olímpicos de Londres generarán en su momento. La llamada de Egipto, por ahora, no falla: es masiva.

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