domingo, 29 de enero de 2012

La piedra Roseta

El 21 de julio de 1798, Napoleón enardeció el ánimo de sus tropas con la célebre frase: “¡Soldados desde lo alto de las pirámides cuarenta siglos os contemplan!”. Lo cierto es que esta afirmación fue asombrosamente exacta: la Gran Pirámide tenía, por entonces, unos 43 siglos. Pero lo más sorprendente es que en aquellos momentos nadie conocía la edad de esas majestuosas moles pétreas y la egiptología ni siquiera había dado sus primeros balbuceos. De hecho, justo en aquellos momentos se estaban sentando los cimientos que, más tarde, iban a propiciar la eclosión de la ciencia cuya devoción es el Egipto faraónico.

Miles de años antes de que Napoleón conquistara el país del Nilo, Egipto estaba gobernado por Ptolomeo V Epífanes. Era una época tormentosa de una dinastía marcada por los complots y las guerras intestinas. En este marco sangriento y cruel, Ptolomeo subió al trono siendo un niño. Pero a este joven monarca le esperaba un reinado sin demasiada gloria. Su poder estaba mediatizado por el clero, lo que le obligó a otorgar a los sacerdotes grandes privilegios, entre ellos la exención de impuestos. Este hecho se conoce gracias a los textos inscritos en una losa de 762 kilos, en la que se dejó constancia de la supuesta decisión real en tres escrituras: jeroglífica, demótica y griega.

El destino quiso que en 1799, Bouchard, un oficial de ingenieros del ejército de Napoleón, encontrar aquel decreto de Ptolomeo V Epífanes mientras se realizaban unos trabajos de desescombro en el Fuerte Julien, junto a la desembocadura del Nilo en Roseta. El soldado comprendió la relevancia que podían tener las curiosas inscripciones, y no se equivocó. Esa losa de piedra negra que se conserva en el British Museum de Londres y que se conoce como Piedra de Roseta iba a transformarse en la pieza angular de la egiptología. Gracias a ella, Jean-François Champollion pudo descifrar los jeroglíficos en 1822.

Esta fructífera casualidad dio a la egiptología la posibilidad de avanzar a pasos agigantados. Pero la campaña napoleónica, a pesar de su enfoque militar, tenía además un objetivo científico importante: 167 sabios de diversas disciplinas acompañaban a los militares. El arduo trabajo desarrollado por aquellos arquitectos, ingenieros, dibujantes y matemáticos tuvo como resultado la publicación de una obra enciclopédica, el primer trabajo de la egiptología científica: la Description de l´Égypte. Sus 837 láminas con más de 3000 ilustraciones siguen siendo una obra de referencia fundamental para la egiptología moderna. Una obra que hoy es una joya para los coleccionistas, que buscan en sus grabados la belleza de un Egipto desconocido y exótico. Sus grandes grabados, algunos con unas dimensiones que superan el metro, muestran un Egipto cubierto por la arena, un Egipto lejano, un Egipto lleno de maravillas, lleno de misterios…

Desde aquellos primeros pasos de la egiptología hasta nuestros días, los descubrimientos se han sucedido y la ciencia se ha desarrollado. Pero el auténtico motor de todo ello sigue siendo la fascinación. Fue ese apasionamiento lo que impulsó a los viajeros griegos a remontar el Nilo, dio fuerza a los sabios de la Description de l´Égypte e inspiró a Champollion desde niño. Es la misma fuerza que sigue creciendo y que mueve a miles de aficionados y estudiosos.

Una de las víctimas más destacadas de esa seducción fue Auguste Mariette, un francés que llegó a Egipto en 1850 para comprar papiros coptos para el Louvre. Las circunstancias hicieron que Mariette olvidase poco a poco este objetivo y se adentrara en el mundo de las excavaciones, en el que consiguió éxitos tan notables como localizar el Serapeum: una inmensa y extraña tumba en la que se enterraba a los toros sagrados. Egipto sin duda le había atrapado para siempre, cambiando el destino de su existencia y el de la propia egiptología. Además de emprender una gran campaña de excavaciones, Mariette adoptó las primeras medidas de protección sobre el maravilloso legado del Egipto víctima del más terrible expolio. Así nació el primer museo de El Cairo dedicado a la conservación de antigüedades egipcias y, más aún, este francés generó la fundación del Servicio de Antigüedades Egipcias y fue su primer director.





Monumento a J. F. Champollion en Figeac, su pueblo natal.

Mariette murió en El Cairo en 1881, la diabetes que la había afectado desde muy joven y le había dejado ciego, al fin terminó con él. En aquellos mismos instantes, Gaston Maspero, su sucesor en el Servicio de Antigüedades, hizo que se desmoronara una de las más obstinadas teorías de su maestro: la ausencia de textos en las pirámides. Maspero, al penetrar en pirámides de la Dinastía VI, advirtió la presencia de franjas verticales de jeroglíficos que daban forma al texto sagrado más antiguo de Egipto: los Textos de las Pirámides. Mariette, a pesar de toda una vida de dedicación, se había equivocado en un punto fundamental.

También en 1881 se iniciaba en Egipto una historia casi detectivesca que iba a dar lugar a uno de los más fabulosos descubrimientos de la egiptología. Esta curiosa aventura se inicia en las tortuosas callejuelas de la capital egipcia, donde desde hacía años aparecía en el mercado de antigüedades una serie de objetos que levantaron la sospecha de los egiptólogos. Tras diversas tramas y enredos fue descubierta la fuente de tantas maravillas: una importante familia de saqueadores de Gurna, los Abd El-Rassul, había descubierto una tumba. Entonces se sucedieron diversos episodios de encarcelamientos y torturas, que concluyeron con la traición de uno de los miembros del clan que confesó el lugar del descubrimiento. Pero nadie podía imaginar lo que esperaba a Emile Brugsch el 6 de julio de 1881. Este hombre, bajo un calor sofocante, subió por un acantilado de unos sesenta metros. A ello le siguió una dura caminata que le llevó a un pozo de unos dos metros de ancho y doce de profundidad. El arqueólogo se deslizó peligrosamente con una cuerda y cruzó un estrecho corredor. Al fin, entre la escasa luz de las antorchas, se dibujó un espectáculo macabro y sobrecogedor: las momias de algunos de los faraones más célebres de la historia se encontraban allí. Brugsch comprendió que aquello era una especie de escondite donde en la antigüedad se habían colocado los cuerpos de los faraones para protegerlos del ataque de los ladrones de tumbas. Grandes reyes y reinas descansaban por doquier, en medio de una gran confusión. A pesar de la avidez de los auténticos descubridores, entre los sarcófagos y las momias aún había centenares de objetos.

Uno de los episodios más sorprendentes de este magnífico descubrimiento fue el solemne traslado de las momias, que fueron transportadas en barco a la seguridad del Museo de El Cairo. Los aldeanos de todo Egipto salieron a las orillas del Nilo para rendir homenaje a los antiguos reyes-dioses. Pero las sagradas momias tenían que vivir aún una experiencia abrumadora ante un puesto de control aduanero, un episodio que está a medio camino entre lo insólito y lo humillante. El funcionario de aduanas se topó con el conflicto de que aquellas milenarias mercancías no estaban inventariadas. Dado que el reglamento parece que no toleraba ninguna excepción, las momias fueron incluidas en la categoría de “pescado seco”. Tras pagar finalmente la tasa reglamentaria, las momias pudieron ser acogidas en el Museo de El Cairo, donde siguen hoy asombrando a los visitantes.



Description de l´Egypte. Vista de la esfinge de Guiza, aún enterrada bajo la arena.

Otra de las historias más importantes de la egiptología se inició el invierno de 1903, el día en que un conde británico sufrió un grave accidente automovilístico. Lord Carnarvon buscó en Egipto el clima seco que necesitaba para su recuperación, mientras conocía a la sociedad cairota que resultó ser poco atractiva para él. En busca de nuevas emociones, el lord se inició en la arqueología sin demasiados éxitos, hasta que buscó asesoramiento y entró en contacto con Howard Carter. Así comienza la relación de dos hombres que iban a protagonizar el episodio más espectacular de la egiptología: el descubrimiento de la tumba de Tutankhamón. Tras años de incesante y paciente búsqueda, y aunque los ánimos empezaban a decaer, la sorpresa apareció el 4 de noviembre de 1922: un tímido pero prometedor escalón surgió entre la arena del Valle de los Reyes. Howard Carter, auténtico artífice del descubrimiento, esperó que su mecenas llegara desde Inglaterra para acceder al interior de la antecámara, el inquieto lord preguntó entonces con voz entrecortada: “¿Qué ves?”. Segundos después Carter contestaba: “Cosas maravillosas…”. Esta es, sin duda, una de las frases más emocionantes de la egiptología, un tópico que resume las experiencias que iban a sucederse en los próximos años y que iban a conmocionar al mundo. La riqueza del ajuar del joven faraón, que subió al trono siendo un niño y que murió prematuramente, deslumbró con sus destellos de oro y con sus misterios.

Años más tarde, coincidiendo con el inicio de la Segunda Guerra Mundial, otro arqueólogo, Pierre Montet, encontraba en Tanis las tumbas de faraones de las dinastías XXI y XXII. Pero el descubrimiento, a pesar de los espléndidos hallazgos, nunca pudo competir con Tutankhamón, que sigue siendo el acontecimiento arqueológico más célebre de la historia.

En el oeste de Egipto, adentrándose en la aridez sahariana, diversos oasis jalonan el desierto. En junio de 1999, una de estas islas de vida saltó a la fama tras hacerse público uno de los descubrimientos más sorprendentes de la egiptología moderna: entre 5000 y 10000 momias se localizaron en muy buen estado de conservación. El encuentro, como tantas otras veces, se produjo de forma casual: el asno del vigilante de la zona arqueológica cayó inesperadamente al quedar sus patas atrapadas en un agujero. Con rapidez se hizo llegar la noticia al equipo de Ashry Shaker, jefe de los inspectores del Servicio de Antigüedades Egipcias en Bahariya, que dio inmediatamente la alerta e informó a su superior, Zahi Hawass. Pronto se pusieron en marcha las excavaciones, que no han dejado de dar sorpresas campaña tras campaña. Sin duda el ingente trabajo acaba de empezar y para la egiptología se avecina aquí una labor gigantesca y difícil. El propio Zahi Hawass, director de la excavación y del Servicio de Antigüedades Egipcias, confiesa que se ve desbordado por la impresionante concentración de momias y tumbas.

Poco a poco la egiptología ha ido tejiendo la trama de una historia milenaria. La pasión que impulsó a sus primeros descubridores siguen estando viva, y, de hecho, Egipto parece estar más de moda que nunca. Buen ejemplo de ello es la cantidad de exposiciones que se organizan en todo el mundo, el incremento constante de publicaciones y el sinfín de películas y series televisivas que se inspiran en la civilización del Nilo.

Todos somos herederos del magnetismo que atrajo hasta las riberas del Nilo a griegos y romanos, que desafió la imaginación de los sabios e impulsó el nacimiento de esta ciencia. Esta vieja pasión que unió al mundo para salvar la historia y los monumentos de Nubia de las aguas del lago Naser. Una pasión que hace emerger del Mediterráneo los tesoros de Alejandría, que desvela los secretos de las pirámides e investiga incansable las claves de aquella civilización, madre de civilizaciones. Una historia azarosa, llena de encuentros insólitos y de cosas maravillosas…

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