martes, 4 de septiembre de 2012

Origenes de los Faraones


Taharka fue el faraón nubio más importante del Antiguo Egipto. Pero ¿fue esta dinastía la única dirigida por gobernadores negros o el resto de los reyes de la historia del Valle del Nilo también lo fueron?
La pregunta que encabeza esta página tiene matices mucho más profundos que la simple frivolidad de querer ver en Tutankamón, por ejemplo, a un hombre negro y no blanco, como siempre hemos creído. Quizá este detalle sea algo anecdótico. Los matices nacen de la idea poco reconocida por la comunidad egiptológica internacional de que el País del Nilo se nutrió de innumerables elementos procedentes del África negra.

CAMBIO CLIMÁTICO 
Hacia el año 6.000 a.C. el norte del continente africano comenzó a desertizarse. Lo que hasta esa fecha había sido una zona verde, repleta de lagos, vegetación y fauna diversa se convirtió rápidamente en un desierto del que huyeron los pueblos que habitaban en él. Uno de los destinos fue el Valle del Nilo, situado en el este del continente africano. Pero ¿quiénes fueron esos nuevos pobladores? El doctor Ferrán Iniesta, profesor de Historia de África en la Universidad de Barcelona, ha propuesto algunas claves singulares sobre este misterio en su participación en las I Jornadas de Egiptología, organizadas recientemente en la capital del Turia por el Instituto Valenciano de Egiptología. Iniesta es claro en sus planteamientos: “Además de los contactos saharianos, abogo por la idea de que el aporte africano al nacimiento de Egipto fue mucho mayor. Según las investigaciones del profesor Josep Cervelló y de otros antes que él, elementos básicos de la simbología egipcia que luego han dado cuerpo a la escritura jeroglífica ya se encontraban en el Sáhara desde el Neolítico, por lo que este lugar es uno de los focos de lo que luego sería Egipto en época dinástica”.

EL MITO DE CHAMPOLLION
Tanto el sistema social institucional y político egipcio como su concepción del mundo son totalmente africanos. La presentación de dioses en enéadas u ogdóadas es algo que encontramos desde mucho antes en el corazón del continente negro. “No
existen elementos egipcios en los que no se pueda reconocer antecedentes o paralelismos en la familia africana –añade Iniesta–. En el caso de la lengua los paralelismos son sorprendentes. La idea de un origen semítico del habla egipcia cada vez se sostiene menos. Que luego los egipcios fueran más negros o más claros es, desde mi punto de vista, accesorio. Lo que nadie puede negar es la ‘africanidad’ de Egipto. Los romanos y los griegos ya lo decían: ‘los egipcios eran melanos’, es decir, negros. Lo que sucede es que nuestra escuela egiptológica champollioniana nos ha machacado durante dos siglos con una serie de ideales de belleza egipcia de origen caucásico o kamitocaucásico que, en realidad, no se sostiene por ningún sitio.”

La prueba
A lo largo de la cornisa norafricana, especialmente en el desierto de Tassili, existen representaciones de personas con cabezas de animales, una tradición que más tarde adaptó el Egipto faraónico. Esta es una prueba más de la importancia de la cultura de las máscaras que tanto caracteriza al continente negro.

Sirio y los dogones


En la década de 1940, M. Griaule y G. Dieterlen estudiaron a los dogones de Mali. Esta tribu proporcionó datos a los antropólogos sobre una tercera estrella en torno a Sirio cuya existencia no pudieron comprobar, ya que hace 60 años solamente se conocía Sirio A y B. Y no fue antes de 1995 cuando se pudo constatar la presencia de Sirio C. Por su parte, Ferrán Iniesta opina que “siempre se ha creído que los pueblos saharianos tenían conocimientos astronómicos empíricos y no teóricos. Pero yo no tengo duda alguna de ello. Los dogones detectaron la presencia de Sirio C antes que nosotros, haciendo gala de un conocimiento avanzado”.

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