jueves, 24 de enero de 2013

EL ANTIGUO EGIPTO

La Esfinge
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El rostro del misterio.
¿Método disuasorio contra los ladrones, escondite de tesoros o esencia esotérica de Egipto...? Nadie ha podido decir nunca con certeza qué es y qué representa la Gran Pirámide de Giza (en la foto, una magen tomada en 1920).
Hay cosas más o menos misteriosas, pero la esfinge es, en sí misma, el rostro del misterio. El Sol naciente ha besado ese rostro un millon y medio de veces desde su construcción, en tiempos del Imperio Antiguo, sin que nadie pueda decir con certeza qué es y qué significa. La hipótesis más repetida es que representa al faraón Kefrén, el que supuestamente la ordenó levantar, ya que apoya esta hipótesis un relieve trece siglos posterior que representa a Akhenatón con cuerpo de esfinge, exponiendo un vaso a los rayos del Sol. Pero aunque el rostro de la esfinge sea el de Kefrén, las preguntas siguen en su sitio. ¿Por qué se representó a sí mismo bajo ese aspecto? ¿Qué utilidad tenía el monumento? ¿Con qué motivo se levanta en el desierto una estructura de piedra como ésta?

Enigma sobre enigma. Para los simples, es una especie de espantapájaros destinado a asustar a los ladrones de tumbas. Para los esoteristas de cualquier época, se trata del monumento perfecto que reúne en sí toda la sabiduría de Egipto. Para los codiciosos, el arca secreta donde se guardan tesoros incalculables, de modo que ha sido excavada, perforada, enterrada, desenterrada... y hasta se la ha trepanado, creyendo que el tesoro estaba en el interior de su cabeza.

Mal vista por los musulmanes como representación humana que es, consiguió llegar, maltrecha y desnarigada, hasta su restauración a finesdel siglo XX, delicada empresa dirigida por el especialista egipcio Adam Henein. Y a tiempo, pues lo que no pudieron hacer los vándalos y los expoliadores a lo largo de los milenios estaba a punto de conseguirlo la contaminación. Entre los años 40 y los 90 de la pasada centuria, el cuello de la esfinge llegó a adelgazar nada menos que 17 centímetros. Es un dato alarmante: a ese ritmo no hubiera aguantado más de tres siglos, y lleva en pie unos 45. Quizá, en este momento, el mayor enigma que rodea a la Esfinge es si será capaz de durar otros 45 siglos.
El Origen de su Civilización
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Primeros pasos
El Alto y el Bajo Egipto se unieron hacia el año 3.000 a.C., cuando el faraón Menes estableció la capital en Menfis, junto al delta del Nilo. En esas fechas del Egipto predinástico ya se torneaban artísticas vasijas como ésta.
Otra pregunta que se hace el visitante y que el erudito no puede contestar con certeza es cómo empezó todo. Por qué se desarrolló precisamente aquí la civilización más grande de la Antigüedad y qué ocurrió antes del año 3000 a.C., fecha en la que se data al primer soberano egipcio, Menes. Para asomarse a la respuesta hay que considerar un par de factores: el terreno y la situación geográfica. Egipto es lo que técnicamente se llama un territorio “arcifinio”, es decir, dotado de límites naturales. El gran padre Nilo produce en su carrera hacia el norte una larga y estrecha faja fértil del tamaño de Bélgica que se renueva con sus crecidas anuales: las tierras negras. A ambas partes, el desierto interminable: las tierras rojas. Ambos colores componen la bandera de Egipto. Al final, el gran estuario que se abre al Mediterráneo. Los primeros cultivadores de las tierras negras no eran un grupo homogéneo. Al norte, su base cultural parece mediterránea, mientras que la del pueblo del sur es más africana. Los primeros tiempos debieron de conocer constantes luchas entre las numerosas ciudades que jalonaban el río, pero al final se impuso el norte, más rico y más poblado. La anexión se disfrazó de unificación hacia el 3000 a.C., y así aparece Menes, que establece la capital en Menfis, junto al delta. Pero Menes no fue el primer faraón dinástico. Aún faltaba siglo y medio para que apareciera la primera dinastía, y se sabe muy poco de lo que sucedió en ese tiempo intermedio. Pudo producirse una invasión exterior o, tal vez, implantarse el sistema dinástico como remedio a las inevitables disensiones producidas a la muerte del rey. En todo caso, el sistema funcionó. Las sucesivas dinastías gobernaron Egipto durante 2.500 años, mucho más tiempo que ninguna otra forma conocida de gobierno.
El Laberinto
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Testigo ocular
Aunque el historiador Herodoto (izquierda) y otros testigos notables dieron testimonio de su existencia, nadie ha sido capaz de localizar los restos del Gran Laberinto en todo el territorio egipcio.
La gran asignatura pendiente de la egiptología es la localización del Gran Laberinto, que podía visitarse hasta el siglo II de nuestra era. Después, no vuelve a saberse nada de él, como si se lo hubiera tragado el desierto. El griego Herodoto, que lo visitó personalmente, escribe: “Ninguna obra griega puede compararse a las pirámides de Egipto. Pero el laberinto es aún superior a las pirámides. Yo lo he visto con mis propios ojos.” Según su descripción, constaba de mil quinientas cámaras a ras de suelo y otras tantas subterráneas, todas de piedra, adorEl griego dice que recorrió personalmente las salas superiores, pero que no le dejaron conocer las inferiores, donde guardaban los sarcófagos de sus reyes. El conjunto estaba próximo a un lago artificial del que sobresalían las cúspides de dos pirámides semisumergidas, y rematado por otra gran pirámide en la que se habían esculpido figuras colosales. Y hay más testimonios que coinciden con éste, (los de Estrabón, Cayo Plinio y Diodoro Sículo) de tal modo que resulta increíble que algo así haya desaparecido sin dejar huella. Tan increíble como el corto número de quienes se han propuesto encontrarlo, habiendo tantas pistas fiables para localizarlo. Los prusianos mandaron una expedición a mediados del XIX que cumplió el expediente al situarlo en unas pobres ruinas del oasis de al- Fayum, lo que de ninguna forma se puede aceptar. Quizá las nuevas técnicas de prospección, cada vez más sofisticadas, alumbren un día los restos de esta maravilla perdida, aportando datos valiosísimos para nuestra comprensión del viejo Egipto faraónico.
Las Pirámides y sus misterios
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Magnetismo perpetuo
Ni sus magnitudes son mágicas, ni las construyeron los extraterrestres, ni contienen la cifra secreta de todas las cosas; pero las pirámides, con su imponente presencia, continuarán siendo fuente inagotable de especulaciones.
¿Qué contienen?
He aquí un hecho irrebatible: la altura de la pirámide de Keops multiplicada por mil millones coincide con la distancia media de la Tierra al Sol, con una aproximación que sólo se ha obtenido en el siglo XX. No se trata de ningun asunto esotérico. Es fruto de la sabiduría astronómica egipcia, y pone de manifiesto que los sacerdotes de Ra sabían muy bien la distancia que les separaba de su dios. Cuando nos planteamos construir una pirámide, el elemento fundamental de cálculo es la altura que le daremos. La magnitud que escogieron los arquitectos de Keops (que ya contaban en base decimal) no podía ser cualquiera. Escogieron la cifra sagrada en la que se manifestaba la ligazón divina. Aquello era consecuencia de la ciencia acumulada por sus sacerdotes, no de la magia. De ahí a querer ver en las combinaciones de magnitudes de la Gran Pirámide la cifra secreta de todas las cosas, desde la fecha del descubrimiento de América a la Teoría de la Relatividad, media un abismo. Tampoco han faltado los que buscaron en su interior contenidos más tangibles. Saladino, por ejemplo, estaba convencido de que en algún lugar de la Gran Pirámide estaban escondidos los tesoros faraónicos, y decidió buscarlos. Sus hombres comenzaron a retirar piedra, pero el monumento está construido de tal forma que, al quitar ciertos bloques, caen los que están encima yvuelven a sellarlo. La única forma de llegar a su interior sería empezar a desmontarla desde la cúspide, una tarea que sólo emprendería un loco.
¿Por qué esa forma?
La forma piramidal no es privativa de los monumentos egipcios. También hay pirámides monumentales arcaicas en Asia, en América y en Europa (ver MUY ESPECIAL nº 60, La nueva Arqueología). Esa enigmática coincidencia entre los zigurats babilonios, las construcciones mesoamericanas y las grandes pirámides diseminadas que siguen descubriéndose en zonas tan remotas del mundo como Siberia, China y Uzbekistán es pasto de todas las especulaciones. En la Praga comunista de 1949, un investigador de apellido Drbal solicitaba la patente de un dispositivo en forma piramidal destinado a conservar el filo de las hojas de afeitar. Había descubierto que podía usar doscientas veces la misma hoja si la guardaba en un estuche e cartulina con forma de pirámide. Era un hecho empírico que los propios empleados de la oficina de patentes pudieron comprobar, pero resultaba tan inexplicable que tardaron diez años en aceptar su solicitud. En ese tiempo, Drbal demostró que en el interior de la estructura piramidal se produce un peculiar efecto de resonancia energética, que actúa sobre la materia inorgánica y sobre la orgánica, produciendo la deshidratación profunda del objeto expuesto. Una flor cortada, por ejemplo, se seca mucho antes y de otro modo cuando se mantiene en el interior de una pirámide. También dicen que los animales muertos se secan, pero no se pudren. Esta capacidad podría explicar el origen funerario de las pirámides egipcias: ninguna tumba mejor para el faraón. Pero ¿qué pensar de las babilonias, de las aztecas o de las chinas,que no fueron utilizadas como tumbas? Una vez más, el misterio.
¿Cómo se hicieron?
A todo el que llega al pie de la pirámide de Keops y estima de cerca la enormidad de aquella obra, le asalta la misma pregunta: ¿cómo pudieron hacer esto? Cada cierto tiempo aparece una teoría nueva que trata de contestarla, y últimamente menudean las descabelladas. Se ha llegado a sostener, incluso, que las pirámides son obra de una raza cósmica y que ya estaban allí mucho antes de los faraones. Pero eso es un insulto para sus constructores y para nuestra inteligencia, porque de algo sí podemos estar seguros: aquellos dos millones y medio de grandes bloques pétreos que llegan a pesar veinte toneladas fueron colocados en su sitio a base de sudor humano. Lo misterioso es el proceso técnico que permitió hacerlo a una civilización que no disponía de otro metal que el cobre y que no conocía otras máquinas que la palanca y la polea. El esfuerzo de ingeniería que entrañan las pirámides raya a la altura del esfuerzo físico que hubo que desarrollar para construirlas. Tuvieron que cortar cada uno de los bloques de piedra, cuyo entalle es perfecto, transportarlos por el río desde lejanas canteras, moverlos sobre la arena y ponerlos en su lugar, acarreándolos por medio de largas rampas inclinadas. Y eso, dos millones y medio de veces bajo el Sol implacable y divino de Egipto.
Los Secretos de los Sacerdotes
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El poder de la sabiduría
El proverbial poder de la casta sacerdotal egipcia (abajo, representación de un clérigo en un mural) no emanaba únicamente de sus posesiones materiales o de su ascendencia sobre el faraón. Su fuerza provenía sobre todo del dominio de la sabiduría de su tiempo.
Para los antiguos, era en Egipto donde brotaba el manatial de la verdadera sabiduría. En las vidas de los filósofos griegos suelen mencionarse sus visitas a la tierra de los faraones. Por ejemplo, de Pitágoras se dice que viajó a Egipto, “donde los sacerdotes le instruyeron en sus misterios”. Lo que nadie dice, naturalmente, es de qué naturaleza eran esos misterios, pero debían de estar en la misma base de sus creencias religiosas. Hasta muy adelante, los secretos egipcios formaron parte de las religiones y las ciencias herméticas, como la alquimia, cuyos adeptos sitúan siempre en Egipto el origen de su trabajo. No es de extrañar. Durante tres milenios, la poderosa casta sacerdotal egipcia debió de acumular el conocimiento de toda la sabiduría de su tiempo. En su historia, que jamás conoceremos a fondo, hubieron de sucederse generaciones de estudiosos cuyos descubrimientos y aportaciones se guardaban celosamente. Con la escritura, que ellos mismos perfeccionaron, los nuevos conocimientos se transmitían bien. En Medicina, el trabajo con las momias los hizo formidables anatomistas. En Astronomía y en Cálculo estaban también avanzadísimos: al fin y al cabo, su religión era de base astral, y su dios, Ra, el Sol, estaba cada mañana en el cielo. No es de extrañar que la observación directa del dios diera origen a toda clase de cálculos, y que entre los sacerdotes egipcios florecieran Copérnicos y Galileos cuyos nombres jamás conoceremos. Pero las pruebas de sus conocimientos quedaron en pie. Y si no, que hablen las pirámides.
El Faro de Alejandría
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Visible a distancia
Además de las pirámides de Giza, la otra maravilla del mundo antiguo situada en Egipto fue el Faro de Alejandría. Arriba, una representación ideal del monumento, y a la izquierda, una réplica erigida en Abusir.
Además de las pirámides, Egipto atesoraba otra de las maravillas del mundo antiguo: el faro de Alejandría. Construido en mármol blanco, tenía la altura de un edificio de 40 plantas y estaba situado en la isla de Pharos, de donde procede el nombre genérico de estas construcciones. Erigido tres siglos antes de Cristo, las noticias de la época insisten en que se veía a una distancia equivalente a 400 km, lo que se ha considerado absurdo debido a la curvatura de la Tierra. Pero quizá no se ha tenido en cuenta que el faro funcionaba de noche con luz y de día, con la columna de humo que desprendía su enorme brasero. Y aquella columna, en condiciones de estabilidad atmosférica, quizá sí pudiera percibirse a tan gran distancia. En todo caso, el verdadero misterio del faro era de qué estaba compuesto su gran espejo giratorio, que concentraba la luz del brasero. Durante un milenio, aquella luz barrió las aguas mediterráneas guiando a las embarcaciones. Conservado por los árabes, los bizantinos hicieron correr el bulo de que en sus cimientos se ocultaba un gran tesoro. Losárabes lo creyeron y comenzaron a desmontar el monumento.Cuando cayeron en la cuenta del engaño, quisieron volver a montar el espejo, pero se les cayó y se hizo pedazos. Así que reconvirtieron el faro en una mezquita.
Colosos de Memnón
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Dilataciones equívocas
Todas las mañanas, uno de los Colosos de Memnón (arriba) emitía lamentos. Hasta que se descubrió que estaban originados por la dilatación de sus piedras.
Amenofis III mandó construir a la puerta de su templo dos estatuas colosales con figura humana. Tan grandes eran, que en cada una de sus manos podía sentarse un hombre. Pero lo más extraordinario de aquellos colosos era que cada mañana, a la salida del Sol, uno de ellos cantaba. Cualquiera que se acercase a pocos metros podía escuchar los extraños sonidos que procedían de la estatua: chasquidos, silbidos y ruidos interpretables como lamentos o como palabras de un idioma incomprensible. El hecho era cierto, y está bien descrito en las crónicas griegas. Desde el principio la cosa produjo un respeto sagrado, y con el tiempo llegaron a Memnón adivinos para interpretar aquellos sonidos. Se acabó organizando una escuela de intérpretes para lo que fue llamado “el oráculo de Memnón”. Al fin, alguien encontró la solución del misterio: la escultura estaba tallada en dos tipos de piedra, granito y gres; cuando el frío de la noche era sustituido por el calor del Sol, los diferentes grados de dilatación de las piedras producían presiones y roces que generaban aquellos inexplicables sonidos. No obstante, a lo largo de los siglos muchos hombres crédulos siguieron tomando las decisiones más importantes de su vida guiados por la vulgar dilatación de unas piedras.
La Tumba de Alejandro
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Enterramiento ilocalizable
Aunque se desconoce la ubicación de la tumba de Alejandro, hace 9 años creyeron haberla encontrado en Marakawi, oasis egipcio de Siwa (arriba).
Tres siglos antes de Cristo moría otro hombre de treinta y tres años cuya vida había revolucionado el mundo: Alejandro el Grande. Espejo de todas las virtudes griegas, el elegante, sabio y valiente príncipe macedonio conquistó el orbe conocido en unos cuantos años. Además de ser un seductor nato, sabía escuchar y premiar a sus hombres, que le veían con la mezcla de admiración, respeto y la proximidad que da el compañerismo. Conquistó Egipto, entró en Persia y la esquilmó, llevándose tesoros fabulosos. Atravesó el Indo y avanzó por la India hasta que sus compañeros le disuadieron de seguir adelante: tenían enfrente el desierto de Thar, el Ganges y un ejército enemigo con 4.000 elefantes de guerra. Entonces regresó a Egipto para encontrar la muerte a manos de un enemigo indigno de su grandeza: el mosquito anófeles, que le inoculó el paludismo. La muerte del príncipe era algo tan impensable que no había sido previsto. Sus generales tardaron un mes en tomar una decisión sobre el cadáver, que según las crónicas se mantuvo incorrupto durante ese tiempo. Decidieron enterrarlo en Alejandría, y el cortejo fúnebre que envió Ptolomeo fue asaltado por otro general, Perdicas. Pero Ptolomeo, que lo esperaba, había enviado el verdadero cadáver a otro lugar por vía secreta. Y ahí se pierde la pista de los restos del gran Alejandro. Hace unos años, saltó la noticia de que podría haberse descubierto en el oasis de Siwa, donde el caudillo griego fue saludado por los sacerdotes como hijo de Amón. Hubiera sido sensacional, pero todo quedó en falsas esperanzas. El misterio de la tumba de Alejandro también perdura.

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