miércoles, 13 de marzo de 2013

EL EGIPTO DE LOS FARAONES

Quizás entre el público que siente interés por la historia no es suficientemente conocida la atracción que los griegos de la Antigöedad sintieron por el Egipto de los faraones, por su historia, su sabiduría, su arte. Platón creó el mito de Atlántida a partir de la supuesta información que los sacerdotes egipcios proporcionaron al legislador ateniense Solón. El mismo filósofo aplaudía sus artes figurativas porque consideraba que el ejercicio de idealización llevado a cabo en tiempos muy antiguos era muy convincente y se había traducido en un modelo que resultó válido durante muchos siglos, porque reflejaba mejor que el griego el acercamiento a la idea de belleza. El helenismo eligió las pirámides como una de las siete maravillas del mundo. No todos tienen presente que Cleopatra, a la que se disfraza como modelo o tipo de mujer egipcia pertenecía a la helenística dinastía de los Ptolomeos que llevó a cabo parcialmente un proceso de maquillaje para adaptarse a lo que seguía imponiendo el viejo Egipto. La egipcia diosa Isis se incorporó a los cultos mistéricos, primero helenísticos y luego romanos, al tiempo que un escritor griego como Plutarco era autor de una obra tan significativa como Iside et Osiride. Y es imposible olvidar que algunos de los edificios salvados de la isla de Philae se levantaron durante los gobiernos de los emperadores romanos Trajano y Adriano, pese al aspecto ofrecido ajeno al arte romano. Un personaje a veces tan contradictorio como Plinio el Viejo al tiempo que estaba fascinado por los gigantescos obeliscos que llegaban a Italia en barcos construidos especialmente para transportarlos, consideraba con un cierto desprecio el exceso de lo egipcio que repugnaba a su sentido práctico romano. Y nunca cesó este interés, esta curiosidad, este deseo de encontrar las claves que explicaran ese mundo extraño, como muestra en el siglo XVII un personaje tan curioso como el jesuita alemán Atanasius Kircher, que llegó a ofrecer una lectura disparatada de los jeroglíficos que causó en su momento cierta sensación.

¿Por qué este interés? Ante todo, porque es una de las primeras culturas que pasa de la prehistoria a la historia. Crea entonces un modelo de sociedad en la que el poder político y el religioso se apoyan mutuamente y tal entendimiento incide en el buen funcionamiento del orden cósmico, favorecido asimismo en lo material por la importancia de las crecidas periódicas del Nilo, sin paralelo en otras zonas. Es importante, por otro lado, porque en unas fechas muy antiguas con Akhenaton se esboza una especie de monoteísmo en buen medida sin precedentes. Al contario que las culturas de Mesopotamia no fue en principio en especial agresivo con sus vecinos. Por otro lado, a la mujer en la sociedad se le reconoció una dignidad superior al trato que recibió entre los griegos.

Pero todo esto no ayuda a comprender por completo el deslumbramiento de Occidente. Porque fundamental es el descubrimiento de su arte. La existencia de numerosas canteras de diferentes clases de piedra (calcáreas, granito, pórfido, diorita, etc.) favoreció el desarrollo de una arquitectura de poder sobre todo religiosa que en parte sigue en pie y que anonada por su grandiosidad y coherencia. Egipto da un salto en el desarrollo de la historia de la arquitectura con el conjunto funerario del faraón Djoser o Djeser en Saqqara dirigido por Imhotep (talla de la piedra, conocimiento de la estereotomía,…) que en cierta medida no será superada hasta las complejas estructuras dinámicas romanas. Templos como los de Karnak, completados con pintura y relieve, pese a que en parte se han venido abajo, siguen produciendo entre los visitantes la impresión de algo concebido a medida sobrehumana.

Pero asimismo estos materiales fueron soporte de una escultura igualmente excepcional, policromada con frecuencia, en la que se perciben tendencias figurativas diversas desde el idealismo majestuoso patente en solemnes imágenes faraónicas como las de Khefrén, hasta el realismo de Kaaper, “el alcalde del pueblo”, pasando por el exquisito, refinado y deformante arte de Amarna. Sin olvidar que tampoco dejó de utilizarse como material la madera en ejemplares que aún han llegado a nosotros. Creó gigantes a la misma escala que la arquitectura (Amenhotep III en los “colosos de Memnon”, Ramses II en Abú Simbel, Akhenaton) y esculturas menudas de minucioso acabado. De hecho, fue en Egipto donde por vez primera se concibió un canon de proporciones del cuerpo humano descompuesto en sus partes principales, utilizando el puño y el codo como unidad de medida.

El clima seco permite la milagrosa conservación de algo tan frágil como la pintura mural. Desaparecida casi por completo con los palacios, abunda en las tumbas sobre todo del Imperio Nuevo, preservada en excelente estado (y alguna dañada por desgracia en nuestro tiempo). Esta pintura y el relieve configuran una estética en extremo personal, de modo que a veces se habla de un relieve pintado y otras de una pintura en relieve. El conjunto de mastabas antiguas, como la del “tjaty” o visir Mereruka de la dinastía VI o el menos importante Ti, se anima además al añadir textos en los que se hace intervenir a los mismos protagonistas que discuten entre sí, incluso se insultan. Diferentes son los elegantes y más solemnes relieves de la tumba de Ramosé, teniendo a la vista la revolución de la Amarna de Akhenaton.

Además disponemos de ajuares funerarios que incluyen joyas de diseño excelente y color deslumbrante (algunas entre ellas influyeron en el diseño de occidente no hace tanto tiempo), objetos de la vida cotidiana como sillas, camas, cajas para perfumes, etc. Todo ello completa un material inmenso que proporciona una visión, aunque parcial (falta casi toda la gran arquitectura civil y su complemento pintado o en relieve), incomparablemente más rica que la de otra cultura antigua contemporánea. Y nos ofrece el primer gran modelo de sociedad que concibieron los humanos al pasar de la prehistoria a la historia.
 

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